Laura duerme tranquila al fin. Los médicos le han asegurado que su madre se encuentra fuera de peligro y Arturo por fin logró convencerla de descansar un poco. Deslizo mis dedos entre su cabello mientras siento su respiración relajada sobre mi pierna. Tomo su chamarra del respaldo de la silla y la arropo cuidadoso; al sentir el movimiento retuerce su nariz de esa manera que me causa tanta ternura y murmura algo inaudible en medio de sueños. Mi dulce Laura…
Ver dormir a mi esposa me ha hecho recordar el sueño que me invade a mí también: hemos estado en guardia desde esta madrugada cuando supimos que Amanda había sido ingresada al hospital. Arturo se encuentra ahora con ella y esperamos su regreso para relevarlo de su puesto. Tengo tanto sueño.
Una de las lámparas al final del pasillo comienza a parpadear. Acto seguido se escucha el ruido de instrumentos médicos caer sobre el piso y segundos después una enfermera solitaria se dirige a toda prisa hacia el origen del altercado. La pierdo de vista al dar vuelta en el pasillo donde la lámpara se prende y apaga sin fin. Intuitivamente descanso la cabeza sobre la pared y me pierdo poco a poco en el estupor que me provoca el rítmico tartamudeo de la luz. Espero que a Laura no le moleste que la acompañe en sueños por tan sólo unos minutos…
Un zumbido en mi oído y un intenso dolor en mi cuello me despiertan. Me cuesta trabajo enfocar mi visón y lo único que distingo por un momento es el color verduzco de la luz fluorescente reflejada sobre la pared. Un intenso olor a alcohol me envuelve y me provoca una leve sensación de náusea. La lámpara al final del pasillo sigue su parpadeo mientras que el extremo opuesto se encuentra a oscuras.
Froto mi cuello y giro la cabeza tratando de combatir el dolor pero éste sólo se incrementa con cada movimiento; mi boca se siente pastosa y reseca y el zumbido en mi oído amenaza con destrozarme el tímpano. Me incorporo para dirigirme al baño cuando la chamarra de Laura cayendo al piso llama mi atención. El zumbido en mi oído se intensifica por un momento.
—¿Laura?
Me dirijo por instinto en dirección del cuarto de Amanda en medio del vértigo provocado por el tartamudeo sin fin de la luz fluorescente. Me animo pensando que Laura debe estar allí; seguramente despertó preocupada por su madre y le ha ido a hacer compañía. Al llegar a la esquina del pasillo, la descubro asomándose furtiva al pasillo contiguo.
—¿Laura? Mi Vida, ¿qué haces?
—¡Shhht!
—¿Qué?
—¡No hagas ruido, te van a oír!
—¿Oír? ¿De qué hab—?
—¡Shhht! ¡Ellos! ¡No hagas ruido!
Me asomo curioso al pasillo hacia donde Laura centra su atención. Un par de médicos se encuentran absortos viendo un monitor de televisión empotrado en el techo. En medio de ambos alcanzo a distinguir las piernas de un paciente en silla de ruedas. Vuelvo mi atención hacia Laura.
—Laura ¿qué estás haciendo? Cuando desperté y no te vi me asusté…
—Sus ojos…
Una vez más observo en dirección de los hombres pero sigo sin ver nada fuera de lo normal.
—¿Qué tienen sus ojos? No alcanzo a ver nada…
En eso el sonido del ascensor llama la atención de los médicos. El que se encuentra de espalda hacia nosotros se vuelve lentamente en su dirección, descubriendo parcialmente al paciente en la silla de ruedas. Laura toma mi mano y la aprieta, llevándose la otra a la boca para contener un sollozo apretujado en su pecho. En un principio sigo sin detectar nada extraordinario, sin embargo tras enfocar la vista a través del túnel estrambótico fijo mi atención en el rostro del paciente…
—ah…
El rostro del paciente se encuentra cubierto con jeringas hipodérmicas. Su cabeza es una masa amorfa grisácea y un delta viscoso proveniente de sus ojos reventados recorre sus mejillas hasta su cuello. Sus manos tiemblan y su cuerpo se convulsiona incontrolable. Entonces escuchamos el sonido de las puertas del ascensor que se cierran y los médicos vuelven su vista hacia el televisor, que acabo por notar, transmite sólo estática.
Regreso al lado de Laura que sigue tratando de contener el llanto y me recargo sobre la pared en silencio tratando de entender qué sucede.
—Mi mamá…
Laura vuelve a asomarse hacia el pasillo planeando sin duda la manera de sortear a los médicos y dirigirse a la habitación de Amanda.
—Laura, tenemos que ir por alguien…
—Tienen por lo menos diez minutos sin moverse. Si pasamos en silencio no creo que se den cuenta.
—¿Y qué tal si sí se dan cuenta?
—¡Tengo que ir con mi mamá! Tengo que ver si está bien… Si nos agachamos no nos van a ver.
—Laura, vamos por alguien. Debe haber algún guardia de seguridad por aquí cer ¡Laura!
Laura sale disparada en silencio mientras me quedo paralizado por la sorpresa, apretando su chamarra con ambas manos. Tal y como predijo, los médicos no notan su carrera y siguen atentos a la estática del televisor. Al llegar al siguiente corredor, Laura se vuelve a mí y tras adivinar mi terror, me indica con una mirada suplicante que piensa seguir sin mí. Volviéndose, desaparece entre las luces intermitentes y el olor cada vez más fuerte a alcohol.
Vuelvo a recargarme sobre la pared hiperventilando y con el zumbido en mi oído a punto de hacerme estallar. Respiro profundo un par de veces tratando de tranquilizarme y decido seguir a mi esposa. Sin soltar su chamarra me agacho cauteloso y comienzo a caminar lentamente hacia el pasillo con la idea de iniciar la carrera. Doy el primer paso de mi sprint cuando me descubro frente a frente con uno de los médicos.
Se encuentra inmóvil y en silencio, observándome con una mirada ausente. Su bata blanca se encuentra salpicada con sangre y en su mano tiene una jeringa de la que gotea un líquido amarillo. Trato de encontrar palabras que le exijan alguna razón de lo que pasa, pero en mi mente tan sólo hay espacio para la imagen del hombre en la silla de ruedas. La fuerza de mis brazos termina por abandonarme y dejo escapar la chamarra de Laura que cae suavemente a mis pies. La mirada del médico se fija en la chamarra y con un espasmo involuntario vacía el contenido amarillento de la jeringa.
Aguardo tenso alguna otra reacción de su parte, pero su atención se mantiene fija en la chamarra. Sigo su mirada tratando de determinar qué es lo que lo absorbe, pero no veo nada extraordinario. Comienzo a preguntarme si tendrá conciencia de su estado; su atención parece ser primaria, determinada por puro instinto. Pienso en apartarme lentamente de la chamarra para probar mi teoría cuando de repente un ruido seco me despierta de mi estupor y el médico se desploma a mis pies. En el lugar donde se encontraba hace un segundo descubro a Laura con un kit de Primeros Auxilios en sus manos.
Sin mencionar palabra alguna toma mi mano y me guía decidida hacia la habitación de Amanda. Trato de formular alguna excusa sobre mi comportamiento, pero no encuentro ninguna. Una sensación de vergüenza me invade ante su fortaleza mientras la sigo en medio del pasillo en penumbras.
—Laura…
—¡Shhht! No hagas ruido…
Llegamos al pasillo donde se encuentra la habitación de mi suegra. Laura a la avanzada, se cerciora de que el pasillo se encuentre libre de nuevas sorpresas. Sigilosos, entramos a la habitación que se encuentra en penumbras, iluminada apenas por la luz de los monitores que se encuentran desatendidos y en línea recta. Laura se acerca cautelosa a la cama donde se encuentra Amanda recostada sobre una pila de almohadas. No hay rastro alguno de Arturo.
—¿Mamá? Mami, soy Laura ¿te encuentras bien?
Localizo en la pared el interruptor de la luz, pero no responde. Busco alguna lámpara en una de las gavetas, pero el sonido provocado por el monitor me molesta más de lo que considero tolerable. Lo desconecto, pero el ruido no desaparece: es el zumbido dentro de mi oído que nunca se ha ido. Me pregunto si habrá alguna aspirina… Busco en otras gavetas, pero no encuentro nada que me ayude. Entonces escucho que Laura me llama, pidiendo que la ayude con su madre.
—Ayúdame a levantarla. Tráeme la silla de ruedas que está en la esquina.
—Laura… ¿Laura, estás loca? ¿Qué piensas hacer? ¡No nos la podemos llevar!
—¡No la podemos dejar aquí! ¿Qué no viste lo que le estaban haciendo a ese señor en el pasillo?
—Mi Vida, tu mamá se está recuperando de un infarto ¿Tienes idea de lo que va a pasar si la movemos? Vamos a llamar a la policía y vemos qué pasa…
—No hay señal.
—¿Cómo que no hay señal?
—¿Crees que no se me había ocurrido? En cuanto vi a los doctores con las jeringas fue lo primero que se pensé, pero mi teléfono no recibe señal.
Una frustración infinita me invade cuando compruebo que mi teléfono tampoco parece funcionar.
—Ayúdame con mi mamá, por favor. Te lo suplico. Ya que estemos afuera buscamos un teléfono o algo. ¿Sí? ¿Por favor?
Tomo la silla que se encuentra en la esquina de la habitación y la coloco a un lado de la cama. Laura comienza a llenar una bolsa de plástico con medicinas mientras yo me dirijo hacia mi suegra que no se ha movido desde que entramos. Su vista se encuentra fija en la pared y en su mano aprieta el control remoto de la cama. Paso mi brazo a su alrededor para que se apoye esperando que no se encuentre demasiado débil como para tener que cargarla.
—Amanda ¿me escucha? Vamos a sacarla de aquí pero no se preocupe ¿ok? Todo va a estar bien. ¿Se puede mover?
Con su silencio como única respuesta, tomo su mano para ayudarla a ponerse en pie.
—Vamos a dejar el control aquí ¿sí? A ver, déjeme ayudarle con esto…
Trato de abrir su mano, pero se aferra con fuerza al control. Una vez más pido su cooperación, pero no ceja. Entonces decido usar la fuerza y tras un breve forcejeo logro abrir su mano. Retiro el control y lo coloco sobre el buró a un lado de la cama cuando me doy cuenta de que mi mano está húmeda. En la penumbra ignoro de dónde viene el líquido, pero por instinto vuelvo mi atención al buró y entonces reconozco lo que había estado confundiendo con un control remoto: un dedo con una argolla de matrimonio se mece sobre el buró.
Retrocedo un par de pasos tratando de contener el grito que se apretuja en mi garganta y al hacerlo choco con una bandeja de instrumentos médicos, lo que provoca a su vez que Amanda salga momentáneamente de su estupor y vuelva su atención hacia mí. Laura, que ha terminado de empacar y se dirige hacia nosotros, se detiene en seco al verme retroceder, extrañada por mi reacción. Da un paso en mi dirección pero algo a sus pies provoca que resbale y cae a un lado de la cama. Entonces Amanda sonríe y el resto de los dedos salen de su boca seguidos de un hilo de sangre y baba…
Me inclino lentamente para tomar la mano de Laura que intenta levantarse. Al tratar de tomarla en brazos noto que tiembla incontrolable. Volteo hacia el piso, debajo de la cama y veo lo que ha provocado el resbalón: reposando sobre una pequeña piscina de sangre se encuentra un brazo cuya mano ha sido despojada de sus dedos. Ahora soy yo quien toma firmemente a Laura y la guío apresurado hacia afuera de la habitación sin despegar ni un momento mi atención de Amanda que nos sigue con su vista sin dejar de sonreír…
Recorremos los pasillos en silencio, Laura temblando sin control y a punto del llanto y el zumbido en mi oído que apenas me permite hilar un par de pensamientos confusos. En el piso inferior encontramos a varios pacientes fuera de sus habitaciones que caminan lentamente sin rumbo definido. Más adelante algunas enfermeras y pacientes se agrupan alrededor de los televisores atentos a la estática mientras que otros se encuentran inmóviles frente a las paredes, como si hubieran llegado al final de su camino e ignoran qué hacer. Dentro de uno de los elevadores un par de cirujanos han abierto a un intendente de limpieza que extiende su mano suplicante al vernos pasar.
Al llegar al vestíbulo lo encontramos en ruinas debido a una ambulancia que se ha impactado en su interior. Hay cuerpos por doquier y algunos de los pacientes y médicos rodean pasivos al vehículo, observando fijamente las luces de la sirena. Un par de enfermeras se disputan las entrañas de una mujer que se encuentra debajo de una de las llantas de la ambulancia.
Decidimos no utilizar la entrada principal. A pesar de que la mayoría se encuentran agrupados alrededor de la ambulancia, del exterior del edificio comienzan a llegar transeúntes junto a otros médicos y pacientes en las mismas condiciones que los demás. Nos dirigimos a la salida de emergencia que se encuentra a tan sólo unos pasos de las escaleras de servicio. Es a punto de llegar al estacionamiento subterráneo cuando comenzamos a escuchar los primeros gritos.
Buscamos la salida con la intención de llegar a nuestro automóvil, estacionado a un par de calles de aquí. Caminamos de prisa y en silencio, atentos a las sombras y a los gritos que comienzan a intensificarse. A la salida encontramos un automóvil que ha chocado con la caseta de cobro; en su interior el conductor mira fijamente las luces que parpadean en el tablero destrozado. Al darse cuenta de nuestra presencia, vuelve lentamente su rostro y descubrimos que su frente se encuentra desprendida formando una máscara mal acomodada. Al vernos comienza a gesticular y sus labios forman desenfrenados palabras que no logramos entender. Laura toma mi mano una vez más y salimos por fin del hospital.
A lo lejos escuchamos sirenas, balazos y más gritos. Múltiples estelas de humo resquebrajan el crepúsculo que se precipita sobre el horizonte y en una de las calles transversales vemos un grupo de hombres persiguiendo un auto que intenta escapar de la zona antes de impactarse con un poste de luz. A estas alturas sigo a Laura envuelto en un estupor ambientado por el zumbido interminable en mi oído y comienzo a perder el sentido de lo que me rodea. Laura se vuelve hacia mí y señala algo en voz baja pero no presto atención. Por un momento me siento como un niño al que regañan por no prestar atención en la excursión escolar.
—¡Daniel! ¡Necesito que te enfoques! ¿Qué te pasa? ¡Me estás asustando!
—Tengo mucho sueño. No dormí anoche… y este pinche zumbido en mi oído… Siento que la cabeza me va a explotar…
—Mi Vida, mírame; te necesito conmigo, alerta ¿sí? Tengo mucho miedo, Daniel. Necesito que estés aquí conmigo ¿me escuchas?
—Sí, Laura. Perdóname, es el cansancio…
—Dime que estás conmigo…
—Aquí estoy… Aquí estoy contigo…
Llegamos al auto y Laura me abre la puerta del pasajero. Toma el volante sollozando y a punto de encender el motor golpes desesperados sobre mi ventana la hacen gritar. Un hombre de unos cincuenta años golpea frenéticamente el cristal. Lo observo distante mientras Laura me grita que no se me ocurra abrir.
—¡Ayúdenme por favor!
—¿Laura?
—¡Daniel, no se te ocurra abrir!
—Él no es…
—¿Qué?
—Él no está… no es igual que los otros… No se ve… enfermo…
—Daniel, no abras la ventana, por el amor de Dios… Mi Vida, mírame: no sé qué te pasa pero por favor NO abras la ventana…
—Está… no, NO está enfermo…
—¡Daniel, por favor! ¡hazme caso! ¡Mírame!
—¡Tienen que ayudarme por favor! ¡Están por todos lados! Por favor…
Abro la ventana unos centímetros ante las súplicas de mi mujer mientras el individuo mueve las manos nervioso indicando que la baje más. Laura golpea y jalonea mi brazo mientras busco en el rostro del hombre algo que me indique que no es uno de ellos; algo que me indique que podemos confiar en él.  Necesito saber que detrás de su mirada no se encuentra ese vacío primario que vi en los ojos de Amanda antes de abandonar el hospital.
Entonces, en el momento que nuestras miradas se encuentran, él se detiene en seco y su expresión desesperada se transforma en una mueca de incertidumbre. Laura también se detiene en su asalto a mi brazo y observa el rostro del hombre que ahora es de mudo terror. ¿Se estará convirtiendo en uno de ellos? Retrocede un par de pasos y cuando se encuentra a punto de decir algo, un manchón informe lo taclea tumbándolo sobre la acera.
Petrificados por la sorpresa, vemos cómo el hombre es atacado por uno de los enfermos que ha encontrado el camino a su rostro y lo despedaza sin ninguna dificultad. Otro golpe, ahora del lado de Laura nos saca de nuestro estupor y vemos el rostro ensangrentado de un policía que intenta con todas sus fuerzas romper el cristal. Vocifera y muestra su dentadura invadido por la frustración de no poder acabar con su víctima. Detrás de él un grupo de hombres vociferando se aproximan a toda velocidad. Laura enciende el auto y arranca arrollando a dos de ellos mientras que un par más nos sigue por tres cuadras antes de distraerse con los restos de una pareja de ancianos que yacen sobre el asfalto. En el horizonte el sol no tarda ya en salir…
Avanzamos a toda velocidad en medio de la destrucción causada por las torvas enardecidas, guiados por una frustración muda envuelta en incertidumbre y las lágrimas que comienzan a brotar sin control de los ojos de Laura. La observo perder el control poco a poco y quiero consolarla, pero mi concentración es aguijoneada sin piedad por el zumbido en mi oído. Quisiera que se detuviera un momento para recuperarme y pensar en alguna frase que le devuelva la cordura al mundo, pero no hay nada en mí más que dolor. Apoyo la cabeza sobre el respaldo del asiento y vuelvo la mirada al desfile interminable de carros arruinados y cuerpos deshechos sobre las calles mientras nos dirigimos a nuestro departamento.
Al llegar damos un par de vueltas de reconocimiento antes de estacionarnos frente a la entrada del edificio. Laura me pregunta si me encuentro bien y que si estoy seguro de querer acompañarla. Tras asentir la observo cruzar cautelosa la acera y abrir la puerta principal. Una vez dentro, me indica que la siga, pero al salir del auto, la luz del sol me sorprende con su fuerza y tardo un momento en ubicarme. Subo titubeante los escalones de la entrada principal cuando a lo lejos escucho un grito seguido por un disparo. Entonces reacciono y cierro meticuloso la puerta.
El edificio se encuentra a oscuras y en silencio total. Unos rayones incipientes de luz se cuelan por debajo de la puerta, pero no son suficientes para ver más que unos centímetros frente a mí. Me guío siguiendo la pared y no tardo en dar con las escaleras que suben al segundo piso donde está nuestro departamento. Al subir el primer escalón descubro que un intenso olor a alcohol inunda el lugar y la náusea me invade de nuevo.
Encuentro a Laura en nuestra habitación llenando una maleta.
—Aquí tampoco hay línea. Ayúdame con la otra maleta ¿sí? Empaca las cosas del baño, por favor.
—¿A dónde vamos?
—Vamos a buscar a mi hermana y luego vemos.
—¿Cómo sabes que se encuentra bien?
—Daniel ¿qué quieres que te diga? ¡No sé si está bien! ¡No sé si ella y Carlos van a estar bien cuando lleguemos! ¡Dios! ¡ni siquiera sé si tú estás bien!
—yoestoybien… ¿Por qué no podemos quedarnos aquí? Aquí podemos estar seguros… Sólo hay que asegurar la entrada…
—Daniel, escúchame… Daniel, voltea a verme; escúchame: no podemos quedarnos aquí. No hay luz ni teléfono y no sabemos si los vecinos están o no están en sus casas. Tenemos que movernos ¿sí? Vamos a casa de mi hermana y de ahí vemos qué hacemos ¿sí, Cielo?
—Me siento tan cansado…
—Yo sé Cielo; yo sé que estás cansado, pero tenemos que salir de aquí ¿sí? Toma la otra maleta y ayúdame con las cosas del baño ¿por favor?
El baño es iluminado por la luz espectral que entra por la pequeña ventana en la regadera y comienzo a vaciar los artículos de primeros auxilios en una bolsa. Tomo mi cepillo dental y el de Laura y los envuelvo en papel sanitario. Tomo su gel para el cabello y su cepillo grueso que ha conservado desde que estaba en secundaria. Meto su rastrillo en uno de los compartimentos pequeños de la maleta y reviso el nivel de mi crema de afeitar cuando inconscientemente mi reflejo en el espejo llama mi atención. Me veo peor de lo que me siento. Unas sombras interminables enmarcan mis ojos inyectados de sangre y mi cabello se encuentra desaliñado y pegajoso. Daría lo que fuera por dormir un poco…
Al salir del baño encuentro a Laura sentada sobre la cama llorando desconsolada. Su silueta recortada por la luz que entra por las persianas se convulsiona en pequeños espasmos silenciosos tratando en vano de controlar su desesperación: a estas horas ha perdido a sus padres y no tenemos garantía alguna de que su hermana esté a salvo. Pienso que en otras circunstancias me encontraría ahora a su lado consolándola, asegurándole que todo va a salir bien y que debe ser fuerte, pero no encuentro en mí la voluntad necesaria para animarla. En vez de acercarme a mi esposa desolada y ofrecerle alguna palabra de aliento, regreso al baño con la maleta en mano y me dejo caer en el piso frío a un lado del excusado.
Cierro los ojos. El cansancio y el dolor en mi cuello se han vuelto una sensación generalizada en todo mi cuerpo. El zumbido en mi oído se ha vuelto parte del entorno y en alguna parte de mi mente quisiera pensar en alguna frase que le devuelva la cordura al mundo, pero no hay nada en mí más que una necesidad primaria de rendirme ante el estupor dulce de un sueño eterno y es entonces cuando me doy cuenta de que Laura grita mi nombre y salgo momentáneamente de mi estupor.
Mareado y con náusea, me incorporo lentamente e intento dirigirme hacia la habitación. Quiero correr, pero el vértigo me lo impide. En cambio, doy pasos largos, pesados como el cemento y el eterno zumbido en mi oído se atornilla en mi cerebro junto a los gritos de Laura que sigue llamándome. Al salir del baño la descubro arrojándole el contenido de la maleta a Don Esteban, nuestro vecino del piso de arriba, quien se encuentra en el umbral de la habitación inmóvil, observándola con la misma expresión perdida que los otros.
Laura me suplica que haga algo, que por el amor de Dios despierte y la ayude, pero lo único que puedo hacer es observarla distante, deseando que guarde silencio para poder descansar un poco. De repente y sin aviso alguno, Don Esteban ruje enfurecido y se lanza a toda velocidad en dirección de Laura capturándola en la esquina de la habitación, a un lado de la cabecera de la cama. Caen en el espacio entre la cama y la pared y por un segundo lo único que puedo ver es la espalda de Don Esteban y las manos de Laura que luchan en su contra detrás de las cobijas y almohadas. Sus gritos se unen a los rugidos animales de Don Esteban y se mezclan con sonidos húmedos de carne que se rompe en pedazos.
—¿Laura?
Me dirijo lentamente hacia donde el viejo ataca a mi esposa y los observo por un instante. Cierro los ojos tratando de suprimir el zumbido en mi oído. Laura ha dejado de gritar y el único sonido son los ruidos guturales de su atacante. Entonces me acerco y tomo la lámpara que se encuentra sobre el buró. La observo un segundo. Vuelvo la vista hacia Laura y veo su mirada empapada con terror.  Si tan sólo este zumbido me dejara pensar… Levanto la lámpara y la dejo caer sobre la cabeza de Don Esteban. El primer golpe suena hueco, como el de un melón impactándose sobre el piso. El segundo golpe es viscoso, con poca resistencia. Un golpe más y luego otro. Sigo golpeándolo hasta que lo único que hay entre mi mano y Laura es una masa informe que se escurre sobre la alfombra blanca de la habitación.
Retiro el cuerpo de Don Esteban y sostengo en mis brazos a Laura que se encuentra bañada en sangre y tiembla sin control. Retiro cuidadoso trozos de cráneo y sesos de su rostro mientras trata de decirme algo, pero su garganta se encuentra destrozada y el único sonido que produce son pequeños gorgoteos carentes de sentido. Deslizo mis dedos entre su cabello mientras siento su respiración exasperada sobre mi brazo. Descansa ya…
Con enorme dificultad levanta su mano y sin retirar mi mirada de la suya, la coloco sobre mi mejilla; un guante rojo de piel tersa que con tanto esmero mantenía todas las noches. Me acerco a su rostro y la beso en los labios, gustando su sangre mezclada con la de su atacante.
—Mi dulce Laura…
Tomo su rostro entre mis manos y la beso una vez más mientras ella llora resignada.  Entonces tiro con fuerza y un pedazo de su labio inferior se desprende entre mis dientes. Sus ojos se abren al límite y su respiración se agita nuevamente. Intenta en vano alejarme y me golpea un par de veces, pero al final se encuentra demasiado débil como para ocasionar daño alguno. Impávido, veo cómo su fuerza vital se extingue inexorable y su mirada se cristaliza lentamente mientras que lo único que se registra en mi mente, es el sonido que produzco al masticar los labios de Laura. Mi dulce Laura…
Back to Top