…he pensado en nosotros, en lo nuestro. Escuchas su voz, incómoda. Deseas colgar, pero el tono de su voz lo impide, ese tono asertivo que conoces tan bien y que tanto odias. Sé que piensas que las cosas no terminaron bien la última vez, pero era inevitable, ¿no lo crees? Observas el reloj. Un minuto exacto. Me gustaría verte, para platicar; me gustaría saber qué has hecho todo este tiempo. No creo que sea buena idea. Vamos, aún somos amigos ¿no es así? Después de todo seguimos teniendo tanto en común; podemos hablar como amigos, nada más. No es eso; tengo cosas que hacer... Llegaste a pensar que el ciclo se había roto, que por fin habías escapado... Ha pasado mucho tiempo ¿eh? Diez años. ¿Aún piensas en mí? Intentas ocultar tu respuesta tras un silencio que al final te traiciona. Vamos, solo una cita; por los viejos tiempos...
Descubres que te vistes ansiosa, todas tus emociones apretujadas en el vientre. Cepillas tu cabello intentando sacudir su voz que te recuerda el fulgor vertiginoso de sus noches juntos, climáticas como mil pulsares en la vastedad sideral. Al final despintas un poco de rubor, pero accedes generosa al perfume que compraste para él.
Te espera puntual, su sonrisa exasperante. ¡Te ves preciosa! ¿quieres algo de tomar? Un agua mineral. A ver, ¡dos cervezas!
La brisa empaña la ventana sucia de la habitación distorsionando la luz de neón que, de importarte, leería Free Parking. Su mano experta entre tus piernas y tú perdiéndote en la textura de su voz. Repite tu nombre incesante: lo convierte en el hilo que te mantiene al margen de tus instintos pues tú misma lo has olvidado. Su saliva te envuelve al igual que sus movimientos y en tu mente te asaltan fugaces las promesas de nunca más; nunca más. Di mi nombre... dilo otra vez...
Recoges el botón del piso y lo colocas sobre el ojal de tu blusa como una reprimenda, como si de esa manera pudieras arreglar el error que ha sido esta noche. Observas sus pies danzarines que sobresalen del borde de la cama y aunque no alcanzas a ver su rostro, sabes que sonríe. No estuvo tan mal ¿eh? Te incorporas y te diriges al baño. Antes de cerrar la puerta lo vuelves a ver tirado en la cama y lo absorbes todo una última vez antes de la transformación: su cuerpo atlético enfundado por una quimera tatuada; su cola de dragón enredándose sobre su pierna izquierda y la cabeza del león rugiendo sobre su pecho musculoso. Pero sobre todo, su mirada satisfecha siguiéndote en la retirada.
Enciendes la luz y acercas el rostro al espejo. Sabes lo inútil que son las recriminaciones, después de todo tú también lo deseaste, ¿no es así? Apartas el cabello del rostro y te pierdes en tu mirada. Observas las líneas de tiempo que enmarcan los ojos, el labial corriéndose hasta las mejillas mezclado con su saliva y el sudor. Con los dedos recorres la piel de tu cuello hasta llegar a tus senos flácidos, los pezones aun sensibles por los mordisqueos. Sigues por tu vientre hasta llegar al sexo húmedo con su semilla —tu semilla, ahora— y recuerdas tu implosión y tus gritos astillando las paredes. Te preguntas si extrañarás esta forma tan particular de reaccionar de tu cuerpo actual.
Entras a la regadera y abres la llave del agua caliente. Al llegar a su máxima temperatura te acurrucas en posición fetal sobre el piso y cierras los ojos. Intentas pensar en tu vida reciente, sus sonidos y sus texturas; las pequeñas victorias y los múltiples fracasos, la frívola ilusión de romper el ciclo por fin… En cambio, escuchas los sonidos que se producen debajo de la lluvia hirviente: los huesos alargándose como bambú, la piel estirándose; espacios llenándose. Sabes que no durará mucho, nunca lo hace, pero eso nunca lo ha vuelto más fácil. Renacer nunca lo es.
Abres los ojos y reconoces las diferencias. El agua te quema la piel y te duele ligeramente la cintura, pero el proceso ha terminado. Una gruesa capa de vello lo cubre todo y tus manos son férreas y grandes; tu pecho es firme y musculoso y los pezones apenas te duelen. Y donde antes había un espacio apenas explorado y lleno de recriminaciones ahora se erige un apéndice venoso, con su peso extraño al que deberás acostumbrarte una vez más. Después de secarte, te abres camino entre el vapor y al llegar al espejo ves tu nuevo rostro. Su antiguo rostro, ahora. Tu primera acción saliendo de aquí será cortante el cabello. Nunca te ha gustado traerlo largo.
Sales del baño a la luz aséptica de la habitación y vuelves la mirada hacia tu amante. La encuentras aún acostada, con sus pies que ya no alcanzan a sobresalir de la cama y la sonrisa reemplazada por un puchero taciturno. Su mirada se pierde en las grietas del techo y sabe ahora, tan bien como tú, del inmenso deseo de llorar.
Con su mano traza la nueva geografía que transpira sobre su piel; la textura tersa y delicada que amenaza con caer bajo el peso de su nueva realidad. El tatuaje de la quimera le queda grande sobre su pecho flácido. Cierra los ojos; se sabe extraña, ajena: el deseo se ha ido ya. Te sientas a la orilla de la cama. Siente tu presencia y vuelve el rostro hacia la pared. Si tan solo pudiera regresar en el tiempo…
Es tarde; debes vestirte. Colocas la ropa con tus antiguas medidas sobre una de las almohadas y recoges, una a una, sus prendas desperdigadas sobre el piso de la habitación. Meticuloso, prestando especial atención a los detalles —los botones de la camisa se encuentran ahora del lado opuesto—, completas por fin el proceso de transformación. Descubres que ya no te vistes ansioso ni con las emociones apretujadas en el vientre; sientes en cambio, las ganas de salir de aquí y alejarte de ella: el deseo te ha abandonado por completo y quieres regresar a tu nueva normalidad.
Te vuelves hacia la cama y la descubres sentada sobre el respaldo, observándote. Lees en su rostro las interrogantes que tantas veces te acecharon: ¿volveremos a vernos? ¿fue bueno para ti también? ¿Fue todo lo que esperabas...?
Te sientas a su lado y buscas su mirada. Esta se encuentra ahora sobre la cama revuelta, distorsionada por las lágrimas que luchan por salir. Con tu mano acaricias su rostro y guiando su mentón la miras a través de la nube de la incertidumbre. Vamos, aún somos amigos, ¿no es así? Podemos hablar... Una lágrima por fin se desliza sobre su mejilla y humedece tus dedos. Te acercas a su rostro y la besas en la frente. ¿Aún piensas en mí? Trata de ocultar su respuesta prolongando el silencio que tú tan bien sabes, al final siempre traiciona. Tomas una de sus manos entre las tuyas y en su palma depositas el botón de la blusa. Entonces te incorporas y te diriges hacia la puerta. Antes de salir te despides: vamos, fue sólo una cita; por los viejos tiempos…