En la penumbra la oración de Nina se repite en mi mente sin cesar. Manos incorpóreas me guían en silencio y cruzamos llanuras sin horizontes ni días que contar. Al llegar a la séptima puerta, el guardián cobra mi última prenda y quedo desnudo al fin. Al cruzar, me incorporo al deambular de las sombras de esta esta tierra sin retorno, que viajan sin rumbo por caminos que parecen respirar y cielos grises que se extienden sin final. A lo lejos distingo a la Señora de la tierra: ocupa su trono digna y real; alada y con garras de ave. Su consorte, el león, rige a su lado, férreo y fiel. Las sombras rezan intermitentes su nombre y de inmediato lo reconozco de alguna conversación que tuve una vida atrás: “Ereshkigal”. Entonces sonrío y uniéndome al canto, retomo mi eterno andar…
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Algo enorme y siniestro se yergue lento hasta tocar el techo de la habitación. “Alto y musculoso”, escucho a Carla repetir en mi memoria. Porta una máscara de toro. Una máscara que respira y que babea y que se encuentra cubierta con la sangre y pedazos de Carla. Avanza un par de pasos estremecedores, pero se detiene al descubrir el pendiente en mi mano. Se inclina para observarlo mejor y entonces caigo en cuenta de que no es una máscara: es un hombre con cabeza de toro. Sus ojos bovinos se posan sobre mí y deja escapar un bramido frustrado que lo retumba todo. Comienza a rodearme sin atacar, por lo que intuyo que mientras tenga el pendiente en mis manos estaré a salvo. Utilizándolo como escudo emprendo lentamente mi retirada de la habitación, pero al cruzar el umbral unas manos surgen de la oscuridad del pasillo y me lo arrebata. “Te dije que los Gallu son mucho más bravos que tú”, repite Nina en mi oído mientras sostiene triunfal el pendiente en su mano. Entonces escucho el bramido infernal de la bestia y al voltear siento sus cuernos atravesar mi abdomen mientras Nina recita su oración en ese idioma que nunca pude entender…
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Dedos de luz se cuelan por las persianas, pero el resto de la habitación se encuentra en la oscuridad total. Carla ha dejado de gritar. Un tufo a establo lo inunda todo y cubriendo mi nariz enciendo el interruptor. Una náusea infinita me invade al descubrirlo todo cubierto por sangre, tripas y mierda. El resto de Carla se encuentra embarrado en patrones y texturas abstractas sobre las paredes. Avanzo tratando de convencerme que esto es solo un bad trip inducido por el porro, pero algo en mi cerebro me indica que es real. Caigo de rodillas rezando un “no, no, no” intermitente hasta que mi estómago cede y mi cena se une al lienzo patético que alguna vez fue la alfombra. Entre lágrimas, algo al pie de la cama llama mi atención: el pendiente de terracota de Nina. La figurita alada y con garras de ave se encuentra cubierta con sangre, pero intacta. “¡Pinche Nina!”, escupo rabioso y entonces escucho la respiración profunda e infernal que se esconde en la esquina opuesta de la habitación.
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Sobre la mesa, el botín de Nina: cuatro figuritas de piedra, tres cilindros y cinco tabletas con inscripciones sumerias. (Eso es lo que el tal @Kur.Nu.Gia me dijo que era. “Escritura cuneiforme”, me aseguró en su correo). Otro toque. La imagen de la mujer desnuda sobre el dragón se mezcla en mi mente con la de Nina montando mi dragón. ¡Ja, ja! Lo que sea de cada quién, la morra sabe coger. Al final esa es la única razón por la que duramos tanto tiempo juntos… Pinche Nina y sus obsesiones paganas… Debo confesar que al principio me causó gracia la seriedad con la que se tomaba todas estas mamadas; yo ya había tenido una novia darketa así que no me extrañaron ese tipo de excentricidades. Sin embargo, poco a poco comenzó a reclamarme mi falta de seriedad y a amenazarme con sus “te vas a arrepentir” si no respetaba sus creencias hasta que un día de plano me sacó el tapón y le solté un chingadazo. No fue la última vez. “El inframundo está poblado por infieles e incrédulos y los Gallu son mucho más bravos que tú”, me advirtió mientras lamía la sangre de sus labios al tiempo que recogía mis cosas antes de largarme de su vida. Aun puedo escuchar sus amenazas mientras bajaba las escaleras del departamento y sus pinches gritos en su lengua extraña cuando le robé sus figuritas y los gritos de Carla que salen de la habitación y entonces salgo de mi estupor y pego la carrera al darme cuenta de que estos gritos son reales…
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Es casi medianoche y espero el correo de confirmación de un tal @Kur.Nu.Gia que asegura estar interesado en las piezas de Nina. El contacto del pinche Peter nunca me habló, así que, tras tomarle fotos a las piezas, las subí a internet a ver si salían interesados en un foro de antigüedades. El tal @Kur.Nu.Gia me escribió casi de inmediato y la lana que ofrece es mucho mayor a la que esperaba. Considero despertar a Carla para darle la buena noticia. Hoy volvimos a pelear. Desde el día del robo me ha estado dando mucha guerra y juro que cada vez me cuesta más trabajo contenerme. Decido dejarla dormir. Si el negocio se confirma, mañana celebramos. Mientras me chingo un porro tomo uno de los cilindros de Nina y le presto atención por primera vez: en relieve, una especie de dragón alado es montado por una monita desnuda; en medio de los dos, una luna creciente y del otro lado más figuritas sembrando en medio de un plantío. Mamadas paganas… Entonces un timbrazo en el celular y un correo en el que @Kur.Nu.Gia me confirma la compra de las piezas y una sensación de alivio me recorre el cuerpo y un “¡Yes!” escapa de mi boca antes de recordarme que Carla duerme en la habitación. Yes. Entonces es medianoche y sigo muy high como para irme a dormir y a este porro todavía le cuelga un rato más…
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Una semana y aun no tengo noticias del contacto del Peter. “No te preocupes, quedó bien formal de hablarte. En cualquier momento te echa un telefonazo.” Pinche Peter. Insisto que me urge la lana, pero todo zen, me pide paciencia. Carla también me la ha estado haciendo de pedo. Ha estado más arisca de lo normal y hoy le entró la paranoia de que alguien la seguía en la calle. “Cada vez que volteaba se escondía. Era alto y musculoso”. Okay, al menos sabemos que no es la chaparra de Nina. Tras colgarle al Peter busco el nombre de Nina y me siento tentado de marcarle para ver cómo está. Entonces veo su foto de perfil y recuerdo su rostro hinchado por la madriza que le pegué. Nunca la había puesto así. Ya en un par de veces se me había pasado la mano, pero no como esta vez. Apago el celular y en algún lugar oscuro y lejano de mi mente me reconforta saber que la morra siempre fue bien aguantadora…
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“¿Qué te pasó en la cara?” “Me raspé con el portón. No es nada. Ten”. Le entrego un sobre con dinero. “¿Es todo?” Comienza el melodrama. “Esto es solo por las joyas. Tengo cosas que puedo acomodar con un contacto del Peter. No te preocupes; esto nos saca del bache”. Sigue sin ocultar su descontento. “Hey, lo que me falta por vender nos va a sacar definitivamente del hoyo. Confía en mi”. Beso su frente. “Mira, te traje un regalo”. Coloco el pendiente en su mano. “Es para traerlo en un collar”. “¿Qué es? ¿un ángel?”. “Creo que es una diosa del Medio Oriente o algo así. ¿Te fijas cómo tiene alas y garras de ave? Es babilonio. Lo vi con el Peter y pensé en ti. ¿Te gusta?” Por fin una sonrisa. “That´s my girl”.
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El Peter suspira teatral y repite su oferta final. “¡No me chingues! ¡La pura diadema debe costar el doble!” “Tú ya sabes cómo es esto; te compro el oro, la plata y el cobre”. Pinche Peter. “¿Y esto? ¿No tienes contactos que le vendan a museos? ¿o a coleccionistas? Seguro cuestan una buena lana”. Por las pinches prisas nunca me di cuenta de que vacié el cajón lleno con las figuras y piedras raras que Nina tanto cuidaba. Con razón pesaba tanto la mochila. “Te puedo dar el contacto de un compa que maneja animales exóticos, tal vez a alguno de sus clientes le pueda interesar. Por lo demás, es mi oferta final”. Pinche Peter. Mientras cuento el dinero, señala el pendiente de terracota: “Te doy quinientos varos por esta; me gusta para mi chamaca”. Siento mi cabeza a punto de explotar por la adrenalina y los arañazos me arden. “No. Esta pieza ya tiene dueña”.
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Nina se encuentra en el umbral de la habitación y puedo adivinar que está en-ca-bro-na-da. Desconcertado, termino inculpándome con la siguiente chulada: “¿no se supone que estabas en la oficina?”. Temblando de la rabia, me señala: “Tú ya no eres bienvenido aquí”. Cierra los ojos y murmura algo que no alcanzo a escuchar. Aprovecho su titubeo y le asesto un mochilazo en la cara. Cae al lado de la cama. La monto y comenzamos a forcejear. La muy perra logra arañarme la mejilla y al tratar de sujetarla del cuello el pendiente de terracota se enreda en mis manos y lo arranco de un jalón. Al descubrir su preciada piedra en mi mano, comienza a gritar una letanía de incoherencias y maldiciones en su idioma que desconozco. Entonces tomo la mochila y la golpeo una vez mas. Silencio. Un gemido me toma por sorpresa y la vuelvo a mochilear. Repito un par de veces más hasta que deja de moverse. Entonces me largo por última vez de aquí…
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Doña Elsa sale puntual a su grupo cristiano. Amo lo predecible de la gente. Cruzo la calle y entro por el portón principal: lo siguen dejando abierto a pesar de los robos. (Oh, la ironía). Subo sigiloso hasta el depa de mi ex. Sonrío al comprobar que mi llave aun funciona. Pobre Nina, no aprende. El tufo del incienso me recibe como en los viejos tiempos. Pinche peste de la chingada… En la habitación, vacío el cajón de las joyas caras en la mochila. Repito la operación con el segundo cajón, pero al abrir el tercero escucho la voz de Nina detrás de mí preguntándome qué hago aquí…
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“¿Y estás seguro de que no se dará cuenta?” “¡Claro que se va a dar cuenta!”, respondo impaciente. “El chiste es que no se dé cuenta mientras esté yo ahí. No te preocupes, la morra es bien clavada y nunca falta a la chamba”. Carla me observa inquieta. Acaricio su mejilla y le repito que no habrá problema. “Viví con esta morra por casi un año; sé dónde está todo. No te preocupes ¿okay?” La beso. Sonríe fingiendo tranquilidad. Meto la mano debajo de su camiseta y comienzo a acariciarla. “Con esta chamba vamos a tener lana para un buen rato; tú no te preocupes por nada”.
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Jadeante, encuentro su mirada inquisitiva. Sobre las sábanas desordenadas extiendo mi brazo para que repose su cabeza y con la respiración entrecortada repito mi incredulidad de que alguna vez haya sido monja. “Nunca dije eso. Fui Nin-Dingir en Kutha, al servicio de Ereshkigal”. “¡Oh, claro! Lo olvidé. Sorry”. Vuelve su vista al techo, ignorando mi risa burlona. Con mi mano libre acaricio su vientre mientras admiro su tez achocolatada y sus ojos enmarcados por las pestañas más intensas de la Creación. Al llegar a su pecho, el pendiente con la figurita alada y garras de ave que nunca se quita me cede el paso a sus pezones que están duros una vez más. Mi entusiasmo regresa de lleno. “Pinche Nina, un día de estos me das a dejar bien muerto…”
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