Afuera ha comenzado a llover. El olor de la tierra mojada comienza a desplazar al de la cera derretida y del incienso. El sonido de las distantes gotas apenas merma el murmullo de los rezos. He llegado a tiempo: la lluvia siempre me ha desquiciado. No recuerdo esta iglesia; después de un tiempo todas lucen igual. Las criptas que adornan las paredes parecen hundirse bajo el peso de la memoria de los que aquí esperan y llenan con sus nombres la historia de lo que algún momento fue tan sólo un lento deambular. Todos deberían morir caminando.
En la nave principal hay pocas personas. Una mujer reza entre sollozos y murmullos intermitentes. En sus manos las pequeñas esferas del rosario acompañan con su sonido a la plegaria eterna de su bienestar. Frente a ella se yerguen al menos tres docenas de velas encendidas; todas fuentes de favores a un santo que me resulta vagamente familiar. La mujer es iluminada de manera etérea, digna de postal. Vuelvo mi vista al altar y cierro los ojos. A veces me gustaría aprender a rezar.
Un murmullo se acerca desde el otro extremo de la nave. Seis feligreses acompañan con su coro al sacerdote que eyacula agua bendita por toda la pared. La voz principal —una mujer mayor, ataviada para la ocasión—, exhibe un tenor educado, distante del coro que la acompaña. Avanzan con lentitud entre las sombras de las columnas. Al igual que Caronte, ejercen su función: subordinan su vida guiando el descanso previo al de la segunda carne.
Uno de los hombres —el más cercano al sacerdote—, me observa mientras acaricia ansioso un panfleto con el himno que entona. Al responder su mirada, voltea su rostro hacia la cripta y nervioso, comienza un rezo individual. Aparto la vista y coloco las manos sobre el respaldo de la banca frontal. Una suave ventisca penetra la nave, obligando al fuego de las velas a iniciar una danza abstracta de reflejos dorados. Tres de ellas se apagan.
Cierro los ojos una vez más y comienzo a sentir la llegada del silencio. Logro aislarlo de los demás sonidos; el murmullo de los rezos que repta por entre las bancas de la nave central. El silencio y los rezos se separan en mi mente y toman forma: el sonido es una mujer negra de formas voluptuosas que se mueve sensual. No logro distinguir su rostro. Las sombras que la rodean forman una inmensa anaconda de bellos anillos verdes y negros sobre su piel.
La mujer rodea a la anaconda lentamente y se coloca sobre ella. Toma entre sus manos la cabeza del animal y la introduce en su boca. Poco a poco, la mujer desliza el cuerpo inerte del reptil dentro del suyo; lentamente, por completo. Al terminar, la mujer ostenta en su espalda los anillos verdes y negros y sus ojos son los de la anaconda. Comienza a bailar por el pasillo de la nave y al llegar al altar, frente a Él, se detiene y comienza a masturbarse...
Abro los ojos. Menos personas. Me incorporo y comienzo a caminar por el pasillo central. En mi caminar observo los vitrales multicolores que representan su Historia. La luz gris del exterior resalta los colores y les da vida. La cúpula, intocable, es el lugar más sereno de la iglesia; es allí donde creo que Él podría estar, observándome. Mis pasos retumban y llenan cada espacio de la iglesia. La resonancia parece cubrir cada objeto que aquí se encuentra; las bancas, las personas, las vela e incluso al mismo fuego bendito. (¡Dios, el fuego!)
Algunas personas interrumpen sus rezos y vuelven su vista hacía mí. Lo hacen furtivos, son miradas vacilantes y precavidas. Inmediatamente después continúan con sus plegarias. Respondo con mi mirada a cada uno de ellos, como si deseara desafiarlos; sin embargo, es tan sólo la curiosidad lo que me mueve a ver sus ojos: ¿qué es lo que ellos ven?
Llego al altar. Me detengo un instante. Todo en orden; todo tan pulcro. Siento la energía que los rezos emiten. Titubeo. Descubro que sudo de manera copiosa (¿es eso posible?); ansioso, como si el reencuentro fuese a destruirme. Tal vez a sí sea; Él así lo prometió.
Doy mi primer paso. Nada. Continúo e ignorándolo todo, llego hasta la cruz. Observo la sangre. Todo tan falso, todo tan artificial; comienzo a temblar. Acerco mis labios a los pies del ícono y los beso; justo en la herida penetrada por el clavo de yeso. Con mis manos exploro las piernas; cada protuberancia, cada imperfección. Mis manos llegan a la túnica y acarician el entorno de su sexo flácido. Si pudiera quitar la túnica para que todos vieran lo hombre que es; es igual que yo: una caricatura imperfecta de Él. Comienzo a llorar.
Un sacerdote llega hasta mí y llama mi atención. Me vuelvo y lo observo. No lo puedo escuchar. La mujer ha regresado. El silencio lo envuelve todo una vez más y danza por toda la iglesia. La oscuridad y el silencio lo absorben todo. El sacerdote me dice algo, pero no lo escucho. Niego con la cabeza y con las manos (tampoco puedo escucharme). Cierro los ojos. La mujer ríe; se burla de mí. Saca su lengua y con ella rodea mi cuello.
Abro mis ojos. Estoy seguro de que el sacerdote me ordena salir del altar. Más señas. Ignorando la mímica demencial, me acerco y tomo su rostro entre mis manos. Lo acerco con fuerza hacia mí y con mi boca me abro paso hasta su lengua. La sujeto con los dientes y la arrebato de un jalón, seguida por un torrente de vida casi negro. El sacerdote lleva sus manos al rostro e intenta gritar. Gracias a Dios que no puedo escuchar.
Mastico su lengua. El sacerdote tropieza con uno de los escalones y cae fuera del altar. La mujer ha caído también. Caigo sobre mis rodillas y extiendo mis brazos; la sangre recorre mi pecho. Comienzo a reír. Mis carcajadas inundan el altar, la iglesia entera y es por un momento, todo lo que logro escuchar.
Un individuo corpulento se acerca a mí mientras otros atienden al sacerdote que se ahoga con su propia sangre. El tipo me propina un golpe tremendo que apenas siento, pero que es lo suficientemente potente para mandarme al suelo, a los pies de la cruz. Mi mandíbula ha sido desprendida, pero continúo riendo. Intento incorporarme, pero mi cuerpo no responde. Recuerdo la lucha eterna anterior a los tiempos. Y el candor de la luz que todo lo rodeaba. Y el fuego. Y la caída ¡Dios mío, la Caída!
Me transportan en brazos fuera del altar; deprisa entre las personas que se amotinan para socorrer al sacerdote. Mi mirada se encuentra fugaz con la de Él: sufrido, encarnizado… como si de verdad tuviera compasión por mi ser. Estúpido iluso. ¿No te das cuenta de que te he vencido una vez más? soy la Estrella de la Mañana; fui el primero entre tus amantes en caer y en tu virtud no puedo dejar de reír…
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